|
Desde el momento de su muerte -y quizá desde antes- el presidente Salvador Allende emerge como un personaje que pasaría a ser parte de la memoria popular. Memoria que conserva, sobre todo, la figura del presidente combatiendo en defensa de su pueblo, atrincherado en el palacio de La Moneda sin más compañía, al decir de Neruda en sus memorias, que el corazón envuelto entre las llamas. Una honda imagen poética, sin duda. Preguntamos, al poeta Raúl Zurita, si creía que la muerte de Allende en La Moneda, desde una óptica poética, podría considerarse un acto épico mayor. "Mi respuesta -nos dijo- es muy simple: Sí". Estamos de acuerdo con la aseveración, pues fue un acto digno de ser cantado en el tiempo. De hecho, las propias palabras finales de Salvador Allende, despidiéndose de su pueblo, están construidas con frases equivalentes a versos mayores: "no se detienen los procesos sociales ni con el crimen, ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos" (...) "Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa: me seguirán oyendo" (...) "Superarán otros hombres el momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor".
Allende fue un amante de la poesía, y varios de sus amigos fueron poetas, entre ellos Neruda y De Rokha. Incluso escribió poesías durante su juventud. En el libro de Diana Veneros "Allende" (Ed. Sudamericana, 2003), ésta cita el poema "Angustia", publicado por el futuro presidente en 1929, a los 21 años, en el periódico Viña del Mar.
ANGUSTIA
Calma un instante tus angustias locas,
pobre corazón mío,
Si sientes que te oprime el hondo frío
de las nieves eternas y las rocas
Pronto a este invierno seguirá el estío
Pero tiene la vida
amargas horas de implacable duelo
Las tiene el ave, que en la selva
herida,
Arrastra su nidal de rama en rama.
Las flores que hacia el suelo
Pálidas doblan sus marchitas hojas
La virgen infeliz que sufre y ama
Y devora en silencio sus congojas
La desolada madre que en pedazos
Siente su pobre corazón partido.
Al ver que para siempre se ha dormido
El hijo de su amor entre sus brazos.
Y hasta la mar inmensa que batalla
Con su dolor a solas
Y, sollozando, vierte sobre la playa
Cual torrentes de lágrimas sus olas.
Pero no todo es duelo ni quebranto
Ni jamás es eterna la agonía.
Y surge a veces el placer del llanto
Como tras la noche surge el día.
No sufras, corazón. calma un instante
Esa angustia letal que te domina
Y ten valor en la áspera jornada.
Tu alegre despertar no está distante
Ya el oscuro horizonte se ilumina
Con todo e resplandor de una alborada!
No es la finalidad de estas líneas realizar un análisis del poema de Allende. Sólo diremos que tanto en este texto, como en el fragmento transcrito, de sus últimas palabras, se percibe su sentido de futuro, de esperanza. Existe en sus expresiones, una fuerza que le hace creer siempre, que es posible vencer las adversidades, sean cuales sean las circunstancias. Es el mismo sentido sobre el que escribiría el poeta Patricio Manns durante su exilio: "Nunca el hombre está vencido,/ Su derrota es siempre breve". Allende así lo creía. Es el mayor legado que nos deja: "El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse".
Tras la muerte del presidente, el 11 de Septiembre de 1973, su consecuencia moral y política, así como la lealtad y espíritu democrático que demostró hacia el pueblo, recorrieron el mundo. Cientos de calles y plazas tomaron su nombre. Poetas y trovadores, crearon decenas de canciones y poemas. Silvio Rodríguez, Mario Benedetti, Pablo Milanés, Ángel Parra, Patricio Manns, Carlos Henrickson, José Ángel Cuevas, Carlos Muñoz A. (El Diantre), por nombrar algunos, recordaron al presidente Allende en sus escritos y composiciones. Han pasado casi treinta y cinco años la muerte de Allende, y en cada generación de poetas que va surgiendo, continúan apareciendo poemas en homenaje a su figura. Aquí les entregamos dos textos, uno del poeta uruguayo Mario Benedetti y otro del chileno Carlos Henrickson. Los dos se titulan, simplemente, Allende.
ALLENDE
(Mario Benedetti)
Para matar al hombre de la paz para golpear su frente limpia de pesadillas tuvieron que convertirse en pesadilla para vencer al hombre de la paz tuvieron que congregar todos los odios y además los aviones y los tanques para batir al hombre de la paz tuvieron que bombardearlo hacerlo llama porque el hombre de la paz era una fortaleza
para matar al hombre de la paz tuvieron que desatar la guerra turbia para vencer al hombre de la paz y acallar su voz modesta y taladrante tuvieron que empujar el terror hasta el abismo y matar más para seguir matando para batir al hombre de la paz tuvieron que asesinarlo muchas veces porque el hombre de la paz era una fortaleza
para matar al hombre de la paz tuvieron que imaginar que era una tropa una armada una hueste una brigada tuvieron que creer que era otro ejército pero el hombre de la paz era tan sólo un pueblo y tenía en sus manos un fusil y un mandato y eran necesarios más tanques más rencores más bombas más aviones más oprobios porque el hombre del paz era una fortaleza
para matar al hombre de la paz para golpear su frente limpia de pesadillas tuvieron que convertirse en pesadilla para vencer al hombre de la paz tuvieron que afiliarse para siempre a la muerte matar y matar más para seguir matando y condenarse a la blindada soledad para matar al hombre que era un pueblo tuvieron que quedarse sin el pueblo.
ALLENDE
(Carlos Henrickson)
En la duermevela los sueños se filtran. Revive en el aire la República –el sueño de una ciudad armada hasta los dientes, que tuvo un griego–, y se ve, como espejismos en plena luz de aurora, la larga mesa cubierta de vino y manjares, las antorchas en los muros, el esclavo leyendo los poemas de Homero. Toda duermevela es peligrosa. Allá afuera los muchachos dan al aire las cartas. Hay quien quiere su victoria cada día ondeando como bandera bajo el viento de la historia, y quien repartir sonrisas por oficio y quien su derrota de siempre, atesorada. La palabra República se recorta violentamente tras la luz perversa y fantasmal de cuanto invento la pesadilla de este país –el tuyo, Allende- ha creado año tras año, en dos siglos largos y tediosos. Toda duermevela es peligrosa, Allende. El aplauso del día, la palma victoriosa, caerá sobre ese relámpago de pelo hirsuto. El tiempo de los lobos se ha iniciado esta madrugada de martes; y el bello sueño de la República no puede caer como una presa en el hocico hipócrita de un prusiano fingido. Vuelen con tus sesos los sueños griegos, venga el día real de la sombra y la escaramuza bajo los cielos enrojecidos, váyase todo ese humo de palabras que tu casa echó al mundo, hasta el otro borde de los espejos, la dulce patria de los duendes y las blancas ovejas.
Publicado en revista Punto Final N° 665 (junio 26/ 2008) envio Luis E. Aguilera
|